En el Pays Toy, los rebaños siguen el ritmo de las estaciones. En cuanto llegan los días soleados y terminan las heladas, suben a mayor altitud para pastar hierba fresca. Al final del verano, vuelven a bajar al valle. Es la trashumancia.
¡El ascenso de los rebaños a los pastos de verano es el momento más destacado de la vida pastoral!
Antes de la partida, se preparan los animales. Se les cuelgan los cencerros; su sonido permitirá al ganadero y a los propios animales reconocerse entre sí. La lana de los animales se marca con diferentes colores para distinguir a los animales de un mismo sector. Las orejas también se marcan; cada animal lleva una anilla numerada para identificar a los animales perdidos o a las crías extraviadas… Los métodos tradicionales (muescas, pequeños agujeros distintivos…) propios de cada granja rural siguen utilizándose hoy en día como complemento y por tradición.
La trashumancia se sigue practicando de forma tradicional. Sin embargo, cada vez es más frecuente que se realice con ayuda de un remolque para ganado, lo que reduce el estrés de los animales y facilita el paso por carreteras cada vez más transitadas.
Cada ganadero tiene asignada una zona de montaña que los animales conocen de generación en generación. Saben dónde y cuándo la hierba es más apetecible, así como los refugios, los lugares para descansar y los abrevaderos.
¡En la montaña, los animales se sienten como en casa!
El ganadero — pastor — los visita una vez a la semana de media. Localiza a su rebaño con prismáticos. Lo reúne, con la ayuda de su perro, para contar los animales, atenderlos si es necesario y darles sal. La sal es un complemento alimenticio necesario para el animal. Su distribución también permite acostumbrar al rebaño a volver siempre al mismo lugar.
El periodo de pastoreo de verano es fundamental para el desarrollo y el engorde de los animales, y constituye una condición imprescindible para la denominación de origen protegida.
Montañas sin fronteras
El puerto de la Bernatoire es el paso por el que los pastores del norte de Aragón llevan desde siempre sus rebaños a las laderas más verdes de la vertiente norte. Allí se han sentido como en casa durante mucho tiempo, ya que los franceses llegaron más tarde a estos pastos de verano. Lo que no es de nadie es, naturalmente, codiciado por todos, por lo que la historia de estos pastos no es más que una sucesión de conflictos, tratados y convenios —denominados «lies et passeries»— que, cada vez, se eludían tan pronto como se firmaban. A principios del siglo XX, las disputas se apaciguaron por fin, y los tratados llegaron incluso a crear una especie de mercado común de la hierba. Hoy en día, cerca de mil cabezas de ganado cruzan la frontera y, a finales de julio, franceses y españoles celebran sus acuerdos.